Vosotras sí que dais asco

Esta es una anécdota personal con la que he dado la turra a los de mi alrededor un millón de veces, pero sigo anonadada y necesito plasmarla.

Corría diciembre, tenía que ir a correos a enviar un giro y no se me ocurrió mejor momento que a última hora de la tarde, digamos, cuando más gente puede haber. Siempre voy con música  por la calle y cuando me toca esperar, si no tengo un libro a mano, me acompaña también, pero en esta ocasión mis cascos (algún día le dedicaré un post a ese ser inhumano que le puso altavoces a los móviles) no me sirvieron de nada.

Sin duda, para ver la ratio de inmigración en una ciudad, correos es uno de los sitios más adecuados, pues estos lugares son un crisol de culturas, sobre todo en estas fechas, ya que quien está lejos de casa es quien más propenso es a enviar un paquete. Como tenía para rato, tomé asiento al lado de dos chicas de unos veinte años, eso sí, españolas de pura cepa. De repente, un sonido infernal empezó a atronar mis oídos a través de los cascos, un horrible villancico cantado por un gato de dibujos animados, ahí estaban ellas, sin ningún respeto por todos los allí presentes, viendo ese vídeo chirriante en un móvil, a un volumen atronador y con la habitual calidad de sonido que caracteriza a estos dispositivos. Cero respeto, por supuesto, pero hubiera sido mejor que esa asquerosa musiquilla siguiera perturbando la tranquilidad de correos antes que escuchar la sarta de barbaridades, bastante más asquerosas, que salieron de las bocas de estas chavalas.

Hay tres tipos de personas que hablan alto, primero están los duros de oído, luego, aquellos que parece que de nacimiento se tragaron un altavoz, es su tono de voz, no pueden hacer nada y les queremos igual, y en último lugar, los notas que creen que su conversación es lo mejor que podemos oír todos los que estamos a su alrededor y por ello sobreponen su infinita verborrea a todo sonido que les rodee, no vayan a privarnos del privilegio que supone escucharles. Estos últimos suelen tener cerebro de mosquito, ideas de bombero y su hábitat natural son lugares públicos, autobuses: parques, bares, cualquier lugar en el que molestar sea un plus.

Pues bien, como imagináis, estas dos pertenecían a la última categoría de voceadores, pero hubiera preferido que siguieran con sus rolletes de fin de semana a que entraran en temas que hacen que pierdas la fé en la juventud.

Empezó una de ellas a alegrarse de que su amiga funcionaria se hubiera quedado sin paga extra de navidad con el triste argumento de ¡qué se jodá! si yo nunca la tuve ¿por qué la va a tener ella? ¡qué les den por culo a todos!. ¡Viva la solidaridad! ¿cómo puede alguien alegrarse de que a otra persona le quiten derechos por los que tan duro ha peleado la clase obrera? ¿qué dice de ti preferir que a tu amigo se quede sin un dinero que se ha ganado, solo porque tú no lo tengas? ¿cómo se puede ser tan estúpida para no darse cuenta que cuando pasan por encima de un derecho adquirido tú lo que estás es más lejos de conseguirlo para ti? Personalmente, cuando me entero de las bajadas en el salario o de la supresión de la extra me acuerdo también en mis amigos funcionarios, pero lo último que pienso es “¡qué se jodan!” lo que me viene a la cabeza un sentimiento de indignación.

Tras un rato de perlas similares pasaron a otro tema, hablando de su trabajo una dijo que el otro día el búlgaro (léase con desprecio en el tono) de su oficina había tenido la desfachatez de decir que echaba de menos su país, la cosa seguía así le dije “¿echas de menos tú país? pues no sé que coño haces aquí” puto búlgaro de mierda, es que le tengo un asco, a él y a todos, me dieron ganas de estrellarle, de meterle una ostia, de estamparle contra la pared y llenarlo todo de sangre, pero no lo hice, porque me da asco tocar a esa gente, tía, que asco, mancharme la mano, y llenar todo de su mierda de sangre, su comentario no era solo por ese búlgaro en concreto, sino por todo inmigrante en general.

La chicas reían y se daban la razón hablando de la repulsión que les producía toda esa gente, todos esos extranjeros, y lo hacían en un recinto lleno de ellos, la pareja que tenían sentada al lado podía ser búlgara perfectamente, correos estaba lleno de sudamericanos, africanos, europeos del este… y ellas, amparándose en no sé que impunidad, que desde luego tenían pues nada sucedió, voceaban acerca del asco que daban casi todos los que estaban bajo este techo, cuando las que más asco daban, sin duda, eran ellas.

Maleducadas, molestas, insolidarias, despectivas, racistas, sin duda, asquerosas. Yo en varias ocasiones estuve a punto de saltar, de meterme en la conversación, incluso me daban ganas de darles un buen tortazo a cada una, pero eran dos y una pesaba al menos el doble que yo, la cobardía me pudo, aunque estoy segura de que si lo hubiera hecho los vítores y los aplausos se hubieran sucedido y, probablemente, hubiera habido un linchamiento general.

Pero me marché, no dije nada, nadie dijo nada, y ahí se quedaron ellas, pensando que eran las reinas del mundo, las que tenían la conversación más interesante, la razón más absoluta, pero la desgracia de tener compañeros de trabajo búlgaros, aunque un poco de justicia divina existía, pues los derechos de algunos trabajadores eran mermados para equipararlos a los suyos.

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2 respuestas a Vosotras sí que dais asco

  1. Pues sí, dan asco. Si un día les toca inmigrar a esas chavalas, cosa que no sería tan rara con la que está cayendo en España, a ver cómo se las apañan. Por no hablar de su falta de empatía y envidia hacia los demás. ¡Qué gentuza!

    • raquelayn dijo:

      Eso mismo pensé yo, solo que con el deseo que así sea. Lo peor es que eso solo es una muestra representativa y que habrá a montones como ellas. ¡Cuánto nos queda para llegar a unos niveles decentes de tolerancia en este país!
      Gracias por comentar.

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